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La pesadilla que dio vida a Frankenstein

Actualizado: 26 mar

En el verano de 1816, Mary Shelley viajó a Suiza junto a Percy Bysshe Shelley. Allí se reunieron con Lord Byron y otros amigos en una villa a orillas del lago Lemán. Lo que parecía una estancia tranquila, casi luminosa, terminó convirtiéndose en uno de los episodios más oscuros y fértiles de la historia literaria.


Aquel año sería recordado como el Año sin verano. La erupción del volcán Monte Tambora había cubierto el cielo europeo de cenizas, provocando un clima anómalo: tormentas constantes, temperaturas inusualmente bajas y una sensación de penumbra que parecía no disiparse nunca. Obligados a permanecer en el interior de la villa, los jóvenes escritores pasaban los días leyendo relatos góticos alemanes y manteniendo conversaciones que mezclaban filosofía, ciencia y los límites del conocimiento humano.




En ese contexto, casi como una consecuencia natural del encierro y la atmósfera inquietante, surgió una propuesta que cambiaría la literatura. Una noche, Lord Byron lanzó un reto: cada uno debía escribir una historia de fantasmas. Todos aceptaron el desafío y comenzaron a desarrollar sus ideas. Todos, salvo Mary, que durante días se sintió incapaz de encontrar una historia que estuviera a la altura.


Sin embargo, aquello que no llegaba en la vigilia apareció en el sueño. Tras escuchar una conversación sobre experimentos con electricidad y la posibilidad de reanimar materia muerta, Mary tuvo una pesadilla que lo cambió todo. En ella, vio a un joven científico inclinado sobre un cuerpo inerte al que había dado forma con restos humanos. Vio cómo esa figura cobraba vida y, sobre todo, percibió el horror que acompañaba a ese instante: no solo en la criatura, sino también en su creador.


Esa imagen fue el germen de Frankenstein o el moderno Prometeo, una obra que Mary Shelley comenzó a escribir con apenas dieciocho años. Lo que surgió de aquella pesadilla no fue únicamente una historia de terror, sino una reflexión profunda sobre el impulso humano de crear, sobre los límites de la ciencia y sobre las consecuencias de desafiar lo que, quizá, nunca debió tocarse.


Más de dos siglos después, la novela sigue vigente porque su pregunta central no ha perdido fuerza: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nombre del conocimiento?


Frankenstein no habla solo de un monstruo, sino de la responsabilidad de quien lo crea. Y, en ese sentido, sigue siendo un espejo incómodo en el que aún hoy nos reconocemos.

1 comentario

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Invitado
25 mar
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Qué interesante. No lo sabía 👍🏻

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