Hoy entrevistamos a Emilio Durán Escobar, autor de "Habitación 216"
- Scarlett Pastor

- 29 abr
- 5 Min. de lectura

Emilio Durán Escobar nació en Madrid, pero escribe desde lugares menos físicos, como el dolor crónico, la rabia, el miedo y esa manera de reírse de todo que, a veces, le basta para seguir adelante.
Su literatura nace en esos márgenes. Lugares donde lo emocional deja de ser cómodo y se vuelve demasiado afilado. No escribe para explicar lo que duele, sino para estudiar la herida sin bajar la cabeza y asumir las consecuencias.
De esa mirada surgen sus historias: ficciones de suspense psicológico y terror emocional en las que el miedo rara vez es solo externo. En su obra, lo inquietante suele arraigar en nuestras propias profundidades.
Es autor del libro de relatos Angustias y Temores y de la novela Habitación 216 —un thriller psicológico que desemboca en lo sobrenatural— además de coautor de la antología de relatos de terror Trece pasos hacia la oscuridad.
En sus textos, la tensión no depende únicamente de lo que ocurre alrededor sino también de lo que nos acecha en la conciencia.
Está convencido de que la literatura debe deleitar enseñando, como decía Horacio, aunque en su caso enseñar consista, muchas veces, en señalar lo que preferimos no mirar sosteniendo esa visión un poco más de lo necesario.
Habitación 216 arranca con una escena muy potente en un bosque gallego. ¿Por qué elegiste ese escenario como punto de partida?
Porque es un lugar donde lo racional llega debilitado. Galicia tiene algo de ancestral e inquietante: su niebla, los ecos de los bosques y ese frío que te atenaza. En sus bosques, la humedad asciende en espirales y trepa por tu columna vertebral, arrastrando una memoria antigua.
¿Qué te interesa más como escritor: el terror que viene de fuera o el que nace dentro de la mente del protagonista?
El terror externo es útil: muestra, golpea, deja rastro. El interno, en cambio, es más inquietante. El primero se puede esquivar; el segundo se insinúa y se queda.
Fernando vive una progresiva pérdida de control mental. ¿Cómo construyes ese tipo de descenso psicológico sin que pierda credibilidad?
Hay que hacerlo sin prisa. La mente no se rompe de golpe. Se desmorona poco a poco, desplazando su foco cada día. Me interesa más ese movimiento íntimo que la caída abrupta. Ese deterioro resulta más verosímil y más incómodo.
¿En qué momento decides que una historia necesita elementos sobrenaturales y no basta con el thriller psicológico puro?
Escuchando lo que pide la historia. Dejando que los personajes avancen sin atarlos en corto. Ellos marcan el camino, el ritmo y la dirección. Recurro a lo sobrenatural cuando pienso que el lector se siente cómodo en la historia... y confía demasiado en la realidad que la rodea.
Galicia y su atmósfera tienen un peso importante en la novela. ¿Qué te aporta ese territorio narrativamente?
A nivel personal: sabores, paisajes, belleza, admiración. Galicia me fascina. Te hace sentir minúsculo en una de sus ciudades o en sus aldeas. Narrativamente, me aporta ambigüedad. Es un lugar donde lo extraño no necesita justificarse. Forma parte del paisaje.
¿Te basaste en algún tipo de investigación psicológica o clínica para describir las alucinaciones del protagonista?
Por supuesto, porque la documentación es básica, pero hay que tomarla con cuidado. Bien dosificada sostiene la historia, pero no debe imponerse. Cuando pesa demasiado, aplasta la creatividad convirtiendo una buena novela en un mal estudio.
Si la verosimilitud se tambalea, el miedo cae. Si se mantiene firme, el miedo cala los huesos.

Uno de los temas centrales parece ser la duda constante: ¿locura o realidad? ¿Buscas deliberadamente que el lector no tenga una respuesta clara?
Busco incomodidad en mi respuesta. La claridad puede servir para dar consuelo. Pero aquí ni se consuela ni se colorean mandalas.
¿Cómo trabajas el equilibrio entre misterio y explicación en una historia donde el lector quiere respuestas, pero también ambigüedad?
El lector debe saber un poco más que el personaje, pero no demasiado. Lo suficiente para que se angustie con las decisiones del protagonista.
Hay que enseñarle que la bombilla quema... y luego mostrar cómo el protagonista se acerca. Demasiada explicación mata la historia. La grieta la mantiene viva.
El miedo a ser observado es muy presente en la novela. ¿De dónde nace ese tipo de terror en tu escritura?
De algo muy simple: ninguno somos perfectos. Todos tenemos un cadáver en el armario. Todos ocultamos algo.
Cuando sientes una mirada en la nuca, aparece la sospecha: alguien podría ver lo que escondes. Y puede que te conozca en profundidad si ve demasiado.
¿Cómo construyes la tensión para que se mantenga constante sin saturar al lector?
Es cuestión de equilibrio. Demasiada tensión se vuelve un ruido insoportable. Sin embargo, muy poca genera aburrimiento. Siempre he escuchado que el humor es drama más tiempo. El suspense es igual. Hay que saber cuándo apretar y cuándo soltar la soga.
En este tipo de thrillers, el protagonista suele ser poco fiable. ¿Qué retos te plantea escribir desde una mente que no es completamente estable?
El reto es no perder al lector sin protegerlo demasiado. Tiene que dudar sin desconectarse. No obstante, la fiabilidad es relativa: casi todos creemos nuestra historia. Jack Torrance o Ed Gein no creían estar equivocados.
¿Hubo alguna influencia clara de autores como Stephen King, Paul Tremblay o Mariana Enríquez en esta novela?
Las influencias siempre están, aunque no las invites. Quien debe decidir qué autores han influido la historia y cuáles no, son los lectores. Creo que a mí no me compete.
De todos modos, intento que las influencias no me pesen demasiado: prefiero dialogar con ellas antes que imitarlas.
¿Qué es más difícil de escribir: el horror explícito o el psicológico sugerido?
Todo lo explícito exige precisión y puede ser muy efectivo y, por momentos necesario. El psicológico requiere mayor contención y también tiene su utilidad. Si bien a mí me interesa más sugerir, cuando hay que mostrar algo nítidamente, se muestra. Pero
creo que, como con todo, tiene que haber un equilibrio entre lo explicito y lo sugerido.
¿Cómo decides cuándo introducir una pista y cuándo ocultarla para mantener el suspense?
Ocultar las pistas suele generar más verdad que mostrarlas. No se trata de engañar, sino de dosificar la información. La luz muestra únicamente una parte; la verdad, por su parte, se esconde en las sombras... ¿dónde está la realidad?
En Habitación 216, el pasado parece tener un peso casi físico. ¿Qué papel juega la memoria en la historia?
La memoria nos define a nosotros y a los personajes. Pero no podemos fiarlo todo a la memoria. Porque no es un archivo fiable. Siempre es un narrador con intereses. No recordamos los hechos con certeza, sino que son fragmentos que une nuestro cerebro por las sensaciones que ese recuerdo nos provoca.
Es, en el fondo, una suerte de autoengaño.
¿Te interesa más que el lector “entienda” la historia o que la “sienta”?
El sentimiento permanece más que la comprensión. Entender da certezas, y las certezas a veces engañan. Prefiero que el lector sienta la historia, aunque no la entienda del todo. Si la siente, reflexionará sobre ella y, esa reflexión, la hará comprensible con posterioridad.
¿Qué tipo de reacción esperas provocar en el lector al terminar el libro?
No busco una reacción limpia e impoluta. Prefiero inquietud. Que el lector cierre el libro... pero no la historia.
¿Cómo trabajas los giros argumentales para que sorprendan sin parecer forzados?
Se construyen con paciencia, lógica y coherencia interna. Deben parecer inevitables. Para ello, hay que aferrarse a la verosimilitud de la historia. Sin ella, todo es un truco.
¿Qué importancia tiene para ti el ritmo en un thriller psicológico con elementos de terror?
Para mí, tiene una importancia capital. El ritmo es cómo respira el lector. Si falla, todo lo demás se cae en pedazos y la historia pierde interés en tu historia. Recuperar ese interés es muy complicado.
De modo que es importante lograr que tu historia no te boicotee.
Si tuvieras que definir Habitación 216 en una sola frase más allá del marketing, ¿cuál sería?
Es una historia sobre lo que ocurre cuando la pérdida abre una puerta... y algo decide quedarse.



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