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Elías Muñoz: cuando la crítica literaria apuesta por la profundidad

  • 15 may
  • 11 min de lectura

Elías Muñoz (Cartagena, 1981) es crítico literario independiente. Tras años dedicados profesionalmente a la música y posteriormente al mundo del libro como librero, desarrolla actualmente una línea de análisis centrada en la lectura lenta, el ensayo crítico y las obras de especial densidad literaria.


Desde Valencia escribe en Tincta Verba, un espacio en Substack donde colabora de manera independiente con distintas editoriales españolas y reflexiona sobre literatura, interpretación y permanencia en un entorno cultural marcado por la aceleración.


¿En qué consiste exactamente tu trabajo como crítico literario independiente hoy, más allá de la reseña tradicional?


La crítica literaria, tal como yo la entiendo, no consiste en recomendar libros ni en emitir valoraciones rápidas, sino en generar una lectura consciente y sostenida sobre ellos. Me interesa menos el juicio inmediato y más la interpretación: qué hace un texto, qué preguntas plantea, qué mecanismos utiliza y por qué algunas obras permanecen mucho tiempo después de haber sido leídas.


Trabajo desde una posición completamente independiente, colaborando con editoriales que respetan mi ritmo y mi criterio. Eso me permite elegir qué analizo, cómo y cuándo, sin responder a tendencias ni a presiones externas.


¿Cuándo supiste que querías dedicarte a la crítica y no solo a la lectura o la escritura?


No hubo un momento exacto en el que decidiera dedicarme a la crítica literaria. En mi caso, la relación con la literatura apareció mucho antes que cualquier idea de oficio profesional. Desde muy joven, los libros y la música fueron espacios de refugio y construcción interior. Siempre he sido una persona profundamente introvertida y autodidacta, tanto en la lectura como en la música.


Durante algunos años trabajé profesionalmente como músico baterista independiente en orquestas y distintas bandas de Murcia y Valencia. Nunca aprendí de manera académica: tocaba de oído, escuchando, repitiendo e intentando entender las estructuras desde dentro. Con el tiempo comprendí que mi forma de leer funcionaba de una manera muy similar. Siempre me interesó entender cómo estaba construido un texto, qué ritmo tenía una obra, qué sostenía su arquitectura interna y por qué determinados libros permanecían en la memoria mientras otros desaparecían rápidamente.


Más adelante monté mi propia librería, y fue allí donde empecé a entender que podía dedicarme de algún modo a la crítica o a la mediación literaria. Las conversaciones con los lectores me enseñaron muchísimo. Intentaba recomendar libros dejando a un lado mis propios gustos y pensando qué podía aportarle realmente una obra a la persona que tenía delante. A veces lo vivía casi como una forma de prescripción emocional o intelectual: encontrar el libro adecuado para el momento adecuado.


Tras cerrar la librería llegaron años personales y laborales bastante complejos. Trabajé en ámbitos completamente alejados del mundo cultural, pero nunca dejé de leer. De hecho, en distintos momentos de mi vida la literatura volvió a convertirse en una herramienta de equilibrio, reflexión y resistencia frente al ruido cotidiano.


Tincta Verba apareció mucho después, casi de manera accidental hace un par de años.


Empezó como un espacio muy pequeño y privado donde compartir lecturas sin expectativas reales. Con el tiempo fueron llegando lectores, editoriales independientes y conversaciones muy estimulantes alrededor de determinados libros. Y quizá precisamente porque nunca nació pensando en algoritmos, métricas o exposición pública, he podido mantener una independencia absoluta sobre qué leo, cómo lo leo y desde qué lugar escribo.


Nunca he entendido la crítica como una posición académica o institucional, sino como una prolongación natural de la lectura atenta y de una vida entera alrededor de los libros.




¿Qué significa para ti ejercer la crítica con “vocación de permanencia”?


Significa escribir textos que no expiren cuando expira la novedad. El problema de gran parte de la crítica actual es que está atada al ciclo de publicaciones: sale un libro, hay una semana de ruido, y después silencio.


Cuando escribo sobre una obra, no me interesa qué posición ocupa en las listas ni qué dice el suplemento cultural de turno. Me interesa qué tiene ese libro que justifique que alguien lo lea dentro de diez años. Si no encuentro esa respuesta, probablemente no lo analice.


¿Cómo definirías la “Deceleración Crítica” y contra qué reacciona?


Es una filosofía de trabajo antes que una etiqueta. Reacciona contra la lógica del contenido continuo: la necesidad de publicar constantemente para existir en el algoritmo, de opinar sobre todo y rápido, de sustituir el análisis por la reacción inmediata.


Decelerar no significa leer menos, sino leer con otra temporalidad: permitir que un texto se asiente, que genere fricción interna, que revele capas que no son evidentes en una primera lectura. En el fondo no es una posición contra el presente, sino contra su velocidad. No busca escapar del mundo contemporáneo, sino recuperar un margen de atención suficiente para que la literatura pueda ser pensada en lugar de simplemente consumida.


¿Crees que hoy se lee más rápido de lo que se piensa sobre lo leído?


Sin duda. Y no es un juicio moral: es una consecuencia lógica del entorno. Las redes han creado un formato donde la reacción inmediata tiene más visibilidad que la reflexión demorada. Terminas un libro y la presión implícita es compartir una opinión mientras el algoritmo todavía es favorable.


El problema no es que se lea rápido. Es cuando esa velocidad se convierte en el estándar de lo que significa “haber leído” algo. Leer un libro y haberlo pensado son dos cosas distintas. Se puede hacer una sin la otra.


¿Cómo eliges las obras que decides analizar? ¿Hay intuición, método o una mezcla de ambos?


Hay una mezcla de intuición, experiencia y búsqueda consciente. Con el tiempo uno desarrolla cierta sensibilidad para detectar cuándo un libro puede contener algo más allá de la superficie inmediata.


No suelo elegir obras únicamente por actualidad o visibilidad. Me interesan especialmente los textos que parecen exigir una implicación mayor del lector: libros con densidad formal, ambición estética o capacidad de abrir preguntas complejas. A veces eso aparece en grandes clásicos y otras en obras contemporáneas mucho menos visibles.


En cualquier caso, intento mantener una relación bastante honesta con la lectura. Si un libro no me despierta verdadera curiosidad intelectual o emocional, prefiero no escribir sobre él.



¿Qué hace que un libro te parezca digno de un análisis profundo?


Creo que un libro merece un análisis profundo cuando resiste la simplificación. Cuando no puede agotarse en una sinopsis, en una valoración rápida o en una única interpretación.


Me interesan las obras que generan capas de lectura, que permiten volver sobre ellas y encontrar nuevos matices. Libros que poseen una cierta densidad interna: una relación particular con el lenguaje, una estructura significativa, una mirada singular sobre el mundo o una complejidad emocional que permanece trabajando después de terminar la lectura.


En cambio, me cuesta conectar con textos construidos únicamente para el consumo rápido. No porque toda literatura deba ser difícil, sino porque la profundidad no depende de la complejidad aparente, sino de la capacidad de una obra para seguir produciendo pensamiento y experiencia en el lector.


¿Rechazas libros? ¿Qué te lleva a decir “esto no merece mi tiempo”?


Sí. Antes de aceptar una lectura suelo revisar uno o dos capítulos para ver si existe un interés real. Si no lo hay, prefiero no continuar. Y si empiezo una obra que no funciona para mí, no tengo problema en abandonarla. Intento ser honesto con mi tiempo de lectura y con el propio texto. Creo que también es importante aprender a abandonar lecturas.


El tiempo de lectura es limitado y, al menos en mi caso, cada vez intento administrarlo con más conciencia. Lo que me hace desconectarme no suele tener que ver con el género o la dificultad, sino con la sensación de artificio, de vacío o de falta de necesidad real detrás del texto. Cuando siento que un libro no está intentando decir nada más allá de su propio mecanismo, me cuesta mucho mantener el interés.


También intento ser honesto conmigo mismo. No todo libro tiene que ser leído hasta el final y no toda obra está destinada a todos los lectores. A veces simplemente no es el momento adecuado.


¿Hasta qué punto influyen las editoriales o el contexto literario en tus elecciones? ¿Trabajas siempre con ellas o eres autodidacta?


Mi formación como lector ha sido completamente autodidacta. Nunca he seguido un itinerario académico concreto ni he pertenecido a círculos literarios institucionales. Todo lo que hago nace de años de lectura personal, de ensayo y error, de conversaciones y de una relación muy orgánica con los libros.


Respecto a las editoriales, intento que esa relación nunca condicione mi mirada crítica. Trabajo únicamente con editoriales que respetan por completo mi independencia y mi ritmo de lectura. No acepto escribir por compromiso ni por obligación de publicación. Precisamente porque no dependo económicamente de la crítica, puedo mantener una relación muy libre con aquello que decido leer y analizar.


¿Buscas activamente obras exigentes o son ellas las que terminan encontrándote?


Probablemente ocurre una mezcla de ambas cosas. Hay momentos en los que uno busca deliberadamente determinadas obras o autores porque siente la necesidad de enfrentarse a ciertos niveles de complejidad, pero también sucede algo curioso: con el tiempo, ciertos libros terminan apareciendo una y otra vez en distintos lugares, como si insistieran.


A mí me atraen especialmente las obras que exigen participación activa por parte del lector. Libros que no entregan todo de inmediato y que obligan a detenerse, releer o pensar más allá de la trama. No me interesa la dificultad como gesto elitista. Me interesa la complejidad cuando nace de una verdadera necesidad artística o intelectual.


¿Cómo es tu proceso de lectura cuando sabes que vas a escribir sobre un texto?


Leo en varias fases, y cada una tiene una actitud completamente distinta. La primera lectura es la del lector: sin notas, sin marcas, dejando que el texto genere su propio efecto. Intento no anticipar el análisis ni convertir esa primera aproximación en una disección prematura. Necesito que exista todavía una experiencia estética y emocional real, sin intermediarios.


Antes de la segunda lectura dedico tiempo a la investigación. Me parece indispensable: contexto biográfico del autor, relación con su obra anterior, referencias históricas o filosóficas que el texto moviliza, comparaciones con otros autores o corrientes. No me fío únicamente de la memoria, por precisa que sea. Lo factual necesita estar verificado, especialmente con autores o tradiciones que no domino en profundidad.


En la segunda lectura llega el trabajo más analítico. Marco las páginas que me interesa revisitar y tomo notas en una libreta aparte: ideas que surgen, hipótesis, dudas, fechas relevantes, relaciones entre personajes, posibles líneas de interpretación. Nunca anoto en los propios libros. No es una norma consciente; es simplemente como lo hago.


En obras de especial complejidad —ya sea por su construcción formal, por la densidad de sus capas o por la necesidad de situarlas en relación con otras obras para hacer crítica comparada— realizo una tercera lectura. Ahí es donde termino de atar el argumento, de cerrar las hipótesis y de entender cómo encaja todo.


Entre cada fase hay siempre un tiempo de distancia. No escribo nunca inmediatamente después de terminar una lectura.



¿Lees con lápiz en mano o dejas que la interpretación llegue después?


En la primera lectura, no hay lápiz ni libreta. Esa fase es exclusivamente la del lector. El trabajo analítico llega después.


En la segunda, marco las páginas que quiero revisitar y escribo en una libreta aparte. Nunca subrayo ni anoto en los libros. Las notas van fuera: ideas, preguntas, conexiones, hipótesis, todo lo que el texto vaya generando mientras lo pienso.


Pero la interpretación real no ocurre durante ninguna de las lecturas, sino en los intervalos entre ellas. Ese período en que el libro sigue trabajando solo, sin que yo le preste atención conscientemente. Cuando vuelvo, ya sé mejor qué me importa de él y por qué. Una buena lectura crítica no consiste en imponerle rápidamente una explicación al texto, sino en permitir que vaya revelando su complejidad por capas.


¿En qué momento un lector se convierte en crítico durante la lectura?


Creo que un lector empieza a convertirse en crítico en el momento en que deja de preguntarse únicamente qué ocurre en un libro y empieza a preguntarse cómo y por qué ocurre.


La crítica nace cuando aparece una conciencia más atenta sobre las decisiones del texto: la estructura, el ritmo, la voz narrativa, las ausencias, los silencios o la relación entre forma y contenido.


Pero, al mismo tiempo, sigo pensando que un buen crítico nunca debería dejar de ser lector. Cuando la lectura queda completamente sustituida por el análisis técnico, algo importante se pierde. Para mí la crítica más interesante surge precisamente del equilibrio entre implicación emocional y distancia interpretativa.


¿Qué diferencia hay, para ti, entre analizar un texto y “explicarlo”?


Explicar un texto suele implicar reducirlo a una interpretación cerrada o convertirlo en algo completamente transparente. Analizarlo, en cambio, implica abrirlo.


La crítica que más me interesa no intenta resolver definitivamente un libro, sino iluminar ciertas zonas, señalar relaciones internas o mostrar capas que quizá habían pasado desapercibidas. Muchas veces los grandes textos conservan precisamente su fuerza porque nunca terminan de agotarse del todo. Por eso creo que el análisis literario debería ampliar la experiencia de lectura, no clausurarla.


¿Te preocupa ser comprendido por todos o prefieres mantener un nivel de exigencia alto?


No me preocupa en absoluto. Intento escribir con claridad, pero no simplificar artificialmente aquello que ya de por sí es complejo.


Creo que existe una diferencia importante entre accesibilidad y simplificación. Me interesa que cualquier lector dispuesto a dedicar atención pueda entrar en los textos, pero también creo que la crítica debe respetar la complejidad de las obras de las que habla. Hay ciertas ideas, emociones o estructuras literarias que exigen un esfuerzo de lectura. Parte del valor de la literatura está precisamente en obligarnos a salir de determinadas inercias de consumo rápido.


¿Qué lugar ocupa hoy la crítica literaria en un entorno dominado por la inmediatez y las redes?


Un lugar frágil y, precisamente por eso, necesario. Las redes han multiplicado la conversación alrededor de los libros, y eso tiene aspectos muy positivos: nunca había existido tanta circulación de recomendaciones ni comunidades lectoras tan activas.


Pero cuando la lógica de las plataformas termina condicionando también la forma de leer y de hablar sobre literatura, algo se pierde. La crítica que trabaja con lentitud no compite bien en ese entorno, y tampoco tiene que hacerlo. Lo que puede ofrecer —análisis que aguante el paso del tiempo, que siga siendo útil cuando la actualidad de un libro ya se ha disuelto— sigue siendo real y sigue siendo necesario.


¿Crees que la crítica ha perdido autoridad o simplemente ha cambiado de forma?


Las dos cosas, y no son contradictorias. Ha perdido la autoridad centralizada que tenía cuando los suplementos culturales de los grandes diarios marcaban el canon. Eso no lo recuperará, ni creo que deba intentarlo.


Lo que ha ganado es pluralidad. El problema es que esa pluralidad viene acompañada de mucho ruido que hace difícil distinguir el análisis serio de la opinión rápida. La autoridad ahora hay que construirla texto a texto, sin respaldo institucional. Es más lento. Y creo que es más honesto.


¿Qué opinas del auge de las reseñas rápidas frente al ensayo crítico más reposado?


Que cumplen funciones distintas y el problema surge cuando se confunden. Una reseña rápida puede ser muy útil para orientar una compra o compartir una primera impresión. Un ensayo crítico hace otra cosa: construye una lectura, la argumenta, la pone en relación con otras obras y con el momento en que vivimos.


El problema no es que existan las reseñas breves. Es que su escala —la cantidad, la visibilidad— haga creer que eso es lo que la crítica literaria es o debe ser. Son herramientas distintas para propósitos distintos. Mezclarlas empobrece a las dos.


¿Hay libros actuales que consideres que están siendo leídos de forma superficial?


Sí, creo que ocurre con bastante frecuencia, especialmente con obras muy complejas o muy atravesadas por capas filosóficas, históricas o formales.


Muchas veces ciertos libros terminan reducidos a una idea central, a una etiqueta temática o incluso a una estética reconocible dentro de redes sociales. Y eso simplifica enormemente obras que en realidad contienen muchas más tensiones y contradicciones. Hay obras que solo empiezan a abrirse cuando uno acepta leerlas sin prisa.


¿Qué le dirías a alguien que quiere aprender a leer más despacio y con mayor profundidad?


Le diría, primero, que no intente convertir la lectura profunda en una obligación intelectual o en una especie de competición cultural. Leer despacio no significa leer de manera solemne, sino aprender a prestar atención.


También recomendaría releer. La relectura enseña algo muy importante: que los libros cambian a medida que cambia el lector.


Y, sobre todo, intentaría recuperar cierta relación íntima y silenciosa con la lectura. No sentir la necesidad de opinar inmediatamente sobre todo, ni de convertir cada libro en contenido. La literatura necesita tiempo. Y, en cierto modo, el lector también.

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